Recordar lo que vivimos y dejar a un lado lo que «aprendimos» es una manera de ser más creativos.

Aquel hombre fuerte está desfalleciendo después de una ardua batalla con su peor enemigo. Tiene que refugiarse unos segundos para recargar energías, por lo que necesita esconderse. Debe pensar rápido. ¡Claro!, los cajones de las medias, ¡su enemigo nunca lo encontrará ahí! Trepa por los zapatos tirados en el suelo, alcanza aquel cable que cae del nochero, trepa hasta este y de un solo salto logra caer en el cajón. Usando todas sus fuerzas lo abre y rápidamente se esconde en él, cubierto por aquellas medias amarillas que tanta seguridad le brindan, espera hasta el momento adecuado para salir y terminar con lo que no se sabe por qué, en algún momento de esta tarde aburrida empezó.

Quizás algunos recuerden esta aventura como propia, otros relacionarán al personaje con un Max Steel o un Iron Man; pero lo más probable e importante es determinar la finalidad del ejercicio de la memoria creativa. He sido testigo y he vivido personalmente cómo la falta de creatividad puede llegar a afectarnos sobremanera, causando estrés y desconcierto. En esos momentos difíciles salimos para tomarnos un descanso, tomamos un helado o, si el tiempo y el modo lo permite, un relajo más elevado, como una salida al parque de diversiones, al cine o al spa, depende de los gustos.

Entonces, en el momento más inesperado, aparece esa brillante idea, justo cuando recobramos nuestra esperanza y la confianza en nosotros mismos. En estos casos solemos creer que se trató de una inspiración de la nada o de un momento divino. ¿Pero realmente fuimos iluminados de manera directa con un susurro al oído que nos dio la brillante idea? No lo creo. Lo mas probable es que antes, cuando no se nos ocurría nada, hayamos pasado por una situación que nos hizo «volar bajo» y perder el interés a el proyecto en el que trabajábamos. En cambio, cuando levitamos en la cotidianidad, cuando experimentamos libremente sensaciones, cuando nos dejamos volver a ser niños y perdemos el temor a lo bizarro, a lo ingenuo de una idea, justo ahí nuestra creatividad se despierta.

Así es como lo logran los niños. Ellos quieren llamar la atención, quieren que los miren todo el tiempo. Nosotros, al contrario, nos encargamos producir momentos de aburrimiento, con una intelectualidad tan avanzada que nos hace escépticos de la facilidad creativa. Una sugerencia: al menos por un día, olvídate del papeleo y de los compromisos; como si fueses un niño déjate sorprender por todo lo que te pase. Si lo logras, seguramente encontrarás cada vez más llaves para abrir muchas puertas de la creatividad.

Autor
Joan Betancur Ibagón
CALI, COLOMBIA

Fuente: FOROALFA

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